Yo no fui amigo de Acha. En la amistad prevalece una paridad que nunca se verificó en nuestra relación. Fui apenas su aprendiz. Uno más. Uno de los tantos. Aunque un aprendiz devoto, un aprendiz encandilado por el talento y la calidad humana de su maestro. Eso fue Acha para mí: un maestro. Un maestro en la amplia acepción, en el sentido más griego o zen del término. Fue, por tanto, una suerte de padre intelectual o espiritual y guardo hacia él un sentimiento de amor y gratitud. Seguramente ese fue el móvil que me instó al abordaje crítico su obra. Sin embargo, ese sentimiento nunca me condicionó. Si fui elogioso o incluso apologético de su trabajo, se debe a una estricta convicción estética. Del mismo modo lo soy con la obra de tantos grandes artistas a quienes nunca conocí. Y no lo soy con la de otros a quienes me une un vínculo afectivo. No a todas las personas que quiero o quise las considero grandes artistas.

Hecha la declaración de principios, me gustaría brevemente esbozar algunos de los atributos significativos de esa figura polifacética que fue Jorge Acha. Ante todo, los que me incumben personalmente: los del Acha educador. Quienes tuvimos la fortuna de asistir a su taller somos la prueba viva de sus cualidades pedagógicas. Y lo somos precisamente porque ninguno siguió su línea. Cada uno, como él hubiera querido, fugó hacia sí mismo. Acha supo darnos las pautas justas para que nos interpeláramos en nuestra propia identidad. Nunca le interesó crear Achitas. Ese fue su don primordial. El otro fue su operatoria didáctica: más que un puñado de conocimientos técnicos o  saberes, transmitía en una pasión por indagar en el saber. Y por encausar esa búsqueda –como dije– hacia una íntima vocación personal. El taller de pintura hacía de pantalla. Con la excusa de enseñar técnicas pictóricas, había hecho de su casa un ágora, un ámbito de debate y reflexión sobre la condición humana. Y también, una factoría de ideas. Pero no era sólo un espacio abocado al pensamiento o al conocimiento sino además un espacio colmado de afectividad. Para muchos de nosotros fue también una especie de orfanato existencial que daba albergue a nuestras zozobras emotivas.

¿Y qué decir del Acha pintor? Quien tenga la oportunidad de revisar su obra pictórica, va a descubrir a un acuarelista eximio. De los mejores acuarelistas de todos los tiempos y geografías. Sus piezas de grandes formatos –acrílicos, mixtas o collages– sobresalen por su notable expresividad plástica. Aunque sus acuarelas rozan lo sublime. La faceta más espiritual de Acha se expresa en esas pinturas.

Se sabe que la acuarela ha sido una técnica muy bastardeada por los magazines televisivos de la tarde. Y entre sus cultores, Sus cultores suelen oscilar entre quienes incurren en imágenes plagadas de afectaciones y efectos apelando al derrotero espontáneo del agua en el papel  y quienes la manipulan, inversamente, como una técnica de ilustración, controlada y subordinada al dibujo. En la acuarela de Acha hay una armonía entre el pintor y el agua, una empatía recíproca, un vínculo en el que ninguno de los dos somete o desborda al otro. Y a esa afinación hidrófila se suma una suman su destreza eximia para capturar atmósferas y unas pinceladas diáfanas que, cual pases mágicos, transforman cada paisaje en un espacio de hondura existencial.

Si bien Acha no desdeñaba el mote de “pintor-viajero” que le solían adjudicar, no puede decirse que sea un documentalista abocado a relevar accidentes geográficos. Sus paisajes recorren el mundo, pero reflejan, más que una topografía, un estado del alma del pintor. Por eso digo que en la acuarela afloraba el Acha más religioso: el anacoreta, el monje, el poeta que buscaba enaltecer un estado del espíritu.

Como cineasta, en cambio, aflora un Acha opuesto, un Acha político, un indagador social, un pensador acerca del hombre y su medio, acerca de las relaciones entre los hombres. Ese retrato humano, casi ausente en su pintura, irrumpe con enorme vigor y potencia en su filmografía. Y lo hace en un tono especulativo. Porque su cine no es narrativo sino ensayístico. Cada film es un dispositivo de reflexión. La excusa puede ser un muchacho con un crucifijo intentando en vano colocarse una camiseta argentina (Nadie culpe a nadie), un muchacho sometido a tortura en un centro clandestino de detención (Habeas corpus), un grupo de obreros llevando adelante la obra insensata y fútil del “Altar de la Patria” (Standard) o dos egregios científicos de la Ilustración europea diseccionado a los nativos americanos y a su entorno edénico (Mburucuyá). En todos los casos, bajo propuestas estéticas distintas, el eje es el mismo: Acha se interroga sobre la empresa humana y la interacción del hombre con el hombre.

Muy sintéticamente, esto es lo que se conoció de Acha en vida. Lo que se desconocía eran sus aptitudes literarias, sus cualidades como escritor. Algo se supo de esa faceta al publicarse sus Apuntes sobre el mar, textos epigramáticos que insertara en los catálogos de dos muestras: Sur y Mares y marineros. Ahí aparece un nuevo Acha, un Acha ausente en su pintura y su cine, un Acha en primera persona, un Acha que se narra a sí mismo de modo directo, sin mediaciones. Y en esos registros confesionales aparece un hombre que, además de un espíritu o intelecto, posee un cuerpo. En estas prosas poéticas, ese cuerpo se erige en un elemento perceptivo, en una fuente de conocimiento del mundo. Conocemos finalmente al Acha corpóreo, sensorial, gozador del mundo y la naturaleza.

Pero el grueso de sus textos permanecieron inéditos y circularon clandestinamente entre sus allegados. Se editaron post mortem en dos volúmenes bajo el título de Escritos Póstumos. El primero abreva en uno de los temas dilectos del universo acheano: el dilema identitario americano, el conflicto entre la cultura europea y la aborigen desde sus orígenes hasta nuestros días. Las obras de ese primer tomo pueden leerse como un itinerario por las diversas estrategias de dominación y resistencia por las que ha deambulado la identidad en trance americana, indagando tanto en la colonización europea del imaginario precolombino como en la apropiación indígena de lo sobrenatural cristiano y/o de su cómplice, la superstición positivista.

En el segundo volumen se produce un viraje temático. Se centra en la potencia del cuerpo masculino como disparador de evocación erótica. O más precisamente, homoerótica. En alguno reformula la fábula de San Jorge y el dragón en una metrópoli actual, en otro teje una trama narcodelictiva en torno a una red internacional que opera a través de un circuito clandestino de taxi boys que creen prestar un servicio sexual pero sin saberlo trafican información cifrada entre sus clientes, y otro actualiza dos instituciones griegas como el gymnasium y la pederastia en un precario ateneo pugilístico de arrabal. Aunque sus tramas son meras excusas para retratar hombres que exploran en los confines de su anatomía los rasgos de su propia identidad.

Lo más interesante –dato que dejé adrede para el final– es que inscribe su prosa en un género deslegitimado por el canon académico, el comisariado cultural o el uso y costumbre: el guión cinematográfico. Para despejar malentendidos, conviene acotar que los textos no son una hoja de ruta para la confección de un film. Son literatura pura. El hecho de que estén inscriptos en el formato de un guión no les quita esa cualidad. El guión es un género más, como tantos otros, con sus normas: la escisión sonoro-visual o el narrador omnisciente, como pautas básicas, si se quiere. Pero también el soneto tiene sus normas y las tiene el haiku, y nadie duda de que Quevedo o Basho hicieron literatura. Y también la dramaturgia las tiene y nadie se atrevería a decir que Shakespeare, Becket, O’Neil o Tenesee Williams no son escritores. Que el guión se malemplee o se emplee de modo utilitario, no implica que dentro de sus límites formales no pueda lograrse una escritura capaz de conmover o adquirir una notable expresividad. Los textos de Acha, dentro de las pautas que rigen el guión, no sólo gozan de una vitalidad expresiva impactante sino que además construyen un universo dramático y destilan un tono singular. Es decir, poseen todo eso que un escritor anhela: un estilo. Un estilo que se caracteriza además por su llaneza y su amenidad, por una prosa despojada que prescinde de engolamiento, ornamentaciones o gesticulaciones doctas. Curiosamente, en ese registro tonal de su prosa hay un eco que evoca a aquel magnético narrador oral que muchos tuvimos el placer de disfrutar en vida. Esa constatación personal es lo que me permite aseverar que en la escritura de Acha no hay nada artificioso sino que es, por el contrario, la expresión genuina de un temperamento.